Tiempos de narrativas

  • 1 octubre, 2021

Mauricio Sánchez Álvarez

CIESAS- Laboratorio Audiovisual

octubre de 2021

La memoria, aquellos recuerdos que atesoramos más (sean personales o colectivos), puede entenderse, entre muchos otras maneras y sentidos, como una colección de narrativas. Relatos que nos contamos a nosotros mismos acerca de quienes hemos sido, estamos siendo y queremos ser, que, por lo mismo, les solemos dar un carácter reflexivo, de autodiscernimiento y autorrevelación y que no solo tiene que ver con disciplinas formales, como la historia, el psicoanálisis o la literatura. A cualquier asunto o cosa se le puede armar un relato. Es más: algo cobra sentido en uno o múltiples relatos entretejibles, de tal modo que la polisemia no nos debería causar sorpresa (ni lo que solemos llamar teléfonos descompuestos). Se puede narrar la historia de un camino; o un camino puede ser parte de una historia.

Por supuesto, esto no desconoce, ni mucho menos excluye, otras formas de entender el mundo y relacionarnos con él. La narrativa es simplemente una perspectiva y a la vez una serie de metodologías cuya especificidad es sencilla: consiste en la ilación argumental de acontecimientos; nada más, pero nada menos. De ahí en adelante, y como se dice popularmente acerca del papel: a la narrativa le cabe todo. Lo cual no implica que lo abarque todo.

Una de nuestras habilidades narrativas consiste aprovechar y combinar los patrones organizativos y argumentales de un relato de tantas maneras, de tal modo que cada versión nos parece singular. Algo que enseña, por ejemplo, Víctor Turner en “Hidalgo: la historia como drama social”1, al entablar un muy sugerente paralelo entre las sagas de Miguel Hidalgo y Jesucristo, ambos resistiéndose a la autoridad, traicionados por los suyos y condenados a muerte por la misma autoridad. En el fondo, pareciera que Turner sugiriera que mientras los relatos que entretejemos pueden ser infinitos, para que éstos adquieran sentido, deben caber y concordar con patrones argumentales previamente establecidos, que a su vez son finitos.

Me viene a la cabeza una historia muy conocida que ha sido recreada de una u otra manera muchas veces: la de Romeo y Julieta, los dos jóvenes que se enamoran pese al climaodio ciego que prevalece entre sus familias. El cine se ha inspirado en ella para crear varias películas, de las que mencionaré solo tres. El legendario musical “West side story” de Robert Wise y Jerome Robbins (1961) (que en el mundo hispanohablante se conoció como “Amor sin barreras”), que transcurre en un barrio popular de Manhattan en medio del enfrentamiento entre una pandilla gabacha y otra puertorriqueña, que además del amor entre, de un lado, Tony, y de otro, María, también aborda temas socioculturales acuciantes, como la migración, la exclusión y la delincuencia. Otra versión es la comedia (mucho menos conocida) “Romanoff y Juliet” de Peter Ustinov, también del 61, que tiene lugar en un país europeo ficticio, Concordia, y en que, en medio de la tensión de la guerra fría ve cómo se enamoran el hijo del embajador soviético y la hija del embajador estadounidense, y que hace posible cuestionar esa confrontación que dividió al mundo. Y una tercera versión de Romeo y Julieta es “Solo un beso” de Ken Loach, de 2002, situada en Glasgow (Escocia), y que narra el romance entre una mujer joven escocesa que enseña música en una escuela católica local y un joven disc jockey hijo de inmigrantes paquistaníes. Esta versión pone de presente no sólo la distancia entre dos mundos culturales, sino cómo los preceptos de cada mundo de por sí impiden el acercamiento. Una misma trama argumental, entonces, puede dar para distintas posibilidades, y aunque esté centrada en los avatares del establecimiento de un vínculo, también permite cuestionar el cierto orden de cosas en que aquello ocurre.

Así, la narrativa puede verse como un ámbito de empoderamiento en el que, siguiendo ciertas pautas (de las que varias son innovables) podemos poner en juego nuestras ideas de manera imaginativa, ya sea mediante la ficción o la no ficción. El todo está en ser consciente de que se quiere decir algo y animarse a decirlo construyendo algo propio, que además de original, será genuino. Más que ver el vaso medio vacío y medio lleno. Tiene que ver con qué se quiere decir, por qué y, sobre todo: cómo.

Según el historiador Hayden White, si uno se fija en los distintos tipos de trama, se puede distinguir cuatro tipos agrupados en dos pares: el romance (en que el ser humano se libera del mundo) y la sátira (en que preso del mundo); y la comedia (en que prima la reconciliación) tragedia (en que prima el desencuentro)

Me gusta mucho ver películas de ficción. Las puedo digerir todas menos las violentas y horrorosas. De resto, puedo ver casi cualquier, aunque mis predilectas son los melodramas que te pasean por distintas emociones e ideas y que son muy conscientes de lo que hacen estéticamente: con la cámara, el sonido, las actuaciones y demás. Todo lo que se hace para encauzar un relato, dándole uno y muchos sentidos.

La versatilidad de nuestra capacidad narrativa se vierte, entre otras, en la distinción de géneros. El historiador Hayden White (), para quien su disciplina puede entenderse, precisamente, como la construcción de relatos, sigue a Aristóteles al distinguir entre comedia, tragedia, romance y sátira.

1 Turner, Victor (1974). Dramas, fields and metaphors, cap. 3 “Hidalgo: history as social drama”. Cornell University Press, Ithaca y Londres, pp. 98-155.

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